Mike Leigh o la imperfección del mundo

 

“El arte nace de un mundo mal diseñado”. La frase es de Andrei Tarkovski y, en su tosquedad lapidaria, acierta. Justo en el ojo. El director ruso se refería a su película ‘Andrei Rublev’ (1966), precisamente el relato desesperado de la existencia de un artista, pintor de iconos para más señas. Lejos de un ‘biopic’ al uso, la cinta, conviene recordarlo, se ofrecía y aún se ofrece al espectador como una de las más encendidas y torturadas reflexiones sobre la creación artística que ha dado el cine.

pintorturner

Mike Leigh, británico y tan lúcidamente cascarrabias como su colega eslavo, intenta algo parecido en ‘Mr. Turner’, la quinta película con la que alcanza la sección oficial de Cannes tras haber ganado la Palma de Oro en 1996. Entonces, lo hizo, recuérdese, con la irrenunciable, feroz e inmisericorde ‘Secretos y mentiras’.

Un viaje a la vida convulsa del pintor Turner

Sobre el papel se trata de, en efecto, lo que anuncia el título: un viaje a la vida convulsa del pintor romántico que definió la textura, límite y profundidad de la luz; la luz, eso tan escaso, casi inexistente, al norte del canal de la Mancha. A fecha de hoy, conviene tenerlo en cuenta, la figura de Turner mide, centímetro arriba o abajo, el tamaño exacto de un tótem. Lo británico es él. No en balde, una encuesta reciente eligió ‘El Temerario remolcado a dique seco’, la metáfora precisa de un Imperio atrapado entre el esplendor de lo viejo y la furia de lo nuevo, como el cuadro más admirado y querido por los británicos. Pues eso.

Pero todo lo del párrafo anterior es ruido. Sobre la pantalla, Mike Leigh se esmera en profundizar en lo más íntimo; en llegar a sí mismo; en medirse, como el creador que es, con el personaje retratado. Y es, en este punto, donde el retrato se vuelve autorretrato, donde la película gana enteros, se expande y cautiva.

El director juega a hurgar en los defectos

Y así, con una precisión de cirujano, ‘Mr. Turner’ rastrea las huellas de la perenne imperfección del mundo. No se trata, para entendernos, de una película de época al uso. Al contrario, el director juega a buscar las grietas, a hurgar en los defectos, a dar con la profunda injusticia de un tiempo fundamentalmente arrogante. Fuera esplendor. Y así, hasta radiografiar el hueco, el vacío que se abre necesariamente entre la naturaleza y la vida; entre la realidad y el deseo; entre el hombre y el artista. El resultado es una película tan dolorosamente bella como magnética.

El actor Timothy Small en un fotograma de la película ‘Mr. Turner’, de Mike Leigh.

Cuando Tarskovski hablaba de la imperfección del mundo, se refería, obviamente, al suyo; un mundo ‘estalinistamente’ hecho unos zorros. Cuando Leigh se acerca a la vida rota de un hombre obsesionado, ruin, huraño, genial y enfermo de desazón, no hace sino intentar ver a través de él la inquietud que, por definición, determina cualquier obra artística. Decía el ruso que su película trataba de “la búsqueda de la armonía, de una relación armónica entre los hombres, y entre el arte y la vida, entre el tiempo y la historia”. Queda claro. En realidad, cualquier película, trate de lo que trate (y siempre que valga la pena) trata de eso. ¿Y ‘Godzila’? Bueno, tampoco hace falta ponerse así.

Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/2014/05/15/5374d2cd268e3e30358b4573.html

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