Sectarismo en la política cultural

Hace unos pocos años, la política cultural de UPN obtuvo un rotundo fracaso en su proyecto de capitalidad cultural europea de Pamplona para 2016, que se sustentaba principal y patéticamente en la presencia de la fiesta nacional en los Sanfermines. Conviene no olvidarlo porque, desde aquella ignominiosa descalificación de nuestra capital a las primeras de cambio, la situación ha empeorado. No es de extrañar que el panorama sea tan deplorable cuando la principal razón de ser del partido en el Gobierno es la de eliminar la cultura que nos legaron nuestros antepasados, es decir, el propósito más o menos declarado de que el euskera lingua navarrorum desaparezca. Ahora bien, los problemas a los que se enfrenta la cultura en Navarra abarcan muchos otros aspectos. Uno de los mayores males que padece es el sectarismo clasista que propugna UPN desde las instituciones. Premeditadamente, los responsables regionalistas favorecen a una casta económica privilegiada e ignoran las manifestaciones de la cultura popular, entendida esta no solo como folklore (que también), sino como la expresión cultural y artística del pueblo.

Las dos décadas de gobierno casi ininterrumpido de UPN, con el apoyo del PSN, han resultado nefastos para la cultura y el arte de la Comunidad Foral. Pese al enorme esfuerzo de muchos, el retroceso del euskera es una realidad, por lo menos en cuanto a su uso. Desde el Gobierno navarro, por ejemplo, se hacen trampas para no conceder una licencia a Euskalerria Irratia, a pesar de la enorme demanda. A esto hay que sumarle el esnobismo burgués que preña los actos culturales oficiales. Los organismos y fundaciones que dependen subsidiariamente de las instituciones públicas valoran casi en exclusiva los méritos y logros culturales de la élite económica de esta comunidad. De este modo, en Navarra el artista o persona de la cultura que no pertenece a la burguesía no recibe apoyos para que pueda compartir o dar a conocer su obra por parte de la Administración, que promueve, sobre todo, la cultura negocio, el best seller, el colonialismo anglosajón y el arte burgués. Se confunde intencionadamente la excelencia con el nivel de renta de la persona o de la familia. Así, pues, se incumple el artículo 20 de la Constitución cuando establece la obligación del Estado de proteger la cultura.

La crisis económica y social hace esta situación insostenible para la mayor parte de los creadores. Ser escritor, artista, músico, intelectual, etcétera, en esta comunidad es ser un soñador, un idealista, un ingenuo, tal vez un poco pardillo si no se pertenece a la burguesía. Pese al despilfarro del dinero público en proyectos como el Museo de los Sanfermines (la Cámara de Comptos lo fijó en 6,37 millones de euros calificándolo de “inversión fallida”) o la retroalimentación financiera en la elaboración de informes y diagnósticos desde el comienzo de la candidatura a la capitalidad europea (725.000 euros, según diversas fuentes), se puede afirmar que la política cultural de UPN actualmente no existe; se deja toda iniciativa en manos de la industria o del sector privado, otra prueba de que se toma la crisis como excusa para imponer políticas neoliberales. Se podría hablar de una privatización del sector cultural. Lo paradójico es que las ayudas oficiales vayan dirigidas a quien ya goza de recursos y no a quien carece de ellos. La retirada del Plan Estratégico de Cultura por parte del Ayuntamiento de Pamplona no es más que otro despropósito. Rectificar es de sabios, más la principal deficiencia que existía en la política cultural navarra, la falta de un plan estratégico, por desgracia, continuará inmutable.

Alberto Ibarrola Oyón, Jueves, 6 de febrero de 2014.

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