Tributo a Gehry, el arquitecto-artista

Con 85 años, diseñando sombreros para Lady Gaga o joyas para Tiffany’s al tiempo que reinventa la capacidad expresiva de los rascacielos, Frank Gehry (Toronto, 1929) es el icono de la arquitectura icónica, el más osado entre los más creativos. Premiarlo con el Príncipe de Asturias de las Artes implica valorar esta disciplina como él mismo siempre la ha defendido: como un arte por encima de cualquier otra implicación o consecuencia. En ese sentido la decisión del jurado es o valiente… o inconsciente. Perpetuando el reconocimiento al componente plástico —por encima de valores sociales o económicos— contrasta con la línea actual de la arquitectura, que busca contactar con la sociedad transformándose en una disciplina más necesaria que visual.

El arquitecto Frank Gehry en 2010

Desde Santa Mónica, en Los Ángeles, Gehry admite que el Príncipe de Asturias es un reconocimiento completo a toda su carrera. Pero señala que el Pritzker que recibió en 1989, antes de diseñar el Guggenheim de Bilbao, fue un premio valiente que a él le sirvió de aliento, reforzó su elección. Asegura estar contento con el galardón “pero espero que no sea el último”, dice por teléfono: “Que quede claro que yo sigo trabajando”.

El Guggenheim Bilbao, una de las grandes obras de Gehry (1997)

Explica que todavía considera el Guggenheim una obra clave en su trayectoria. “Los proyectos son como hijos y el que estás criando en cada momento es el favorito. Pero es cierto que el Guggenheim creyó en mí. Fue fundamental en mi carrera. Espero haber ayudado igualmente a Bilbao”. Tanto es así que, cuenta, el año pasado celebró, el 29 de febrero, su cumpleaños en el museo. “Cenamos allí con políticos y amigos. Fue bonito volver a verlo”. Respecto al nuevo premio, no considera que recibirlo sea un reconocimiento a su manera artística de entender y defender la arquitectura: “ha habido varios arquitectos premiados con el Príncipe de Asturias y cada uno representa una opción. La mía es la artística, pero estoy convencido de que el arte está en los ojos quien mira”.

Con todo, el talentoso autor del museo bilbaíno —posiblemente su mejor trabajo, aunque la crítica estadounidense se inclina por el posterior Auditorio Disney de Los Angeles (2003)— es hoy, indiscutiblemente, una marca. Amigo de cantantes y actores y convertido en “el arquitecto más importante de nuestro tiempo”, según la revista Vanity Fair —que la web Gehry Technologies cita como referencia—, el canadiense ha llegado a ser un personaje de los Simpson (en concreto un arquitecto que veía cómo su auditorio se convertía en prisión) y es conocido, y celebrado, por el gran público. Algo insólito para un proyectista vivo.

La Torre Beekman en Nueva York, inugurada en 2010

Afincado en Santa Mónica (California), donde construyó ayudándose de materiales de ferretería su propia vivienda en 1978 —un proyecto que le reportaría fama mundial— Gehry celebró su 82 cumpleaños en Nueva York, en el piso 76 de la Torre Spruce (2010), su primer rascacielos y el primer inmueble que —aceptando la inminente densificación de los centros urbanos— apostó por romper la geometría y llevar una expresión orgánica a las fachadas de los edificios en altura. ¿Qué arquitecto del mundo festejaría su cumpleaños con Bono, el cantante de U2? Aquel 29 de febrero, a sus amigos de siempre, entre ellos el escultor pop Claes Oldenburg o el pintor Chuck Close, se unieron sus compañeros de estatus: la actriz Candice Bergen o el citado Bono. El arquitecto dijo entonces que levantar un rascacielos en Manhattan —“la ciudad a la que mi padre llegó como inmigrante”— era importante para él.

Bodegas y hotel para la firma Marqués del Riscal, en Elciego (Álava), construidos en 2007

Y es que, a pesar de ser un proyectista sumamente osado, Frank Gehry arrastra una biografía de miedos. Dejó de ser Frank Owen Goldberg para convertirse en Gehry en 1954, cuando tenía 25 años y dos hijas. Y aunque Wikipedia asegura que su primera mujer le impulsó a cambiarse el nombre, él ha explicado que lo hizo por miedo a que esas hijas de su primer matrimonio sufrieran, por ser judías, el acoso que él había padecido de niño en Toronto.

http://cultura.elpais.com/

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